jueves, 5 de marzo de 2009

Pozo de nieve - neveras naturales

Pozo de nieve
Las neveras naturales

Pozo de nieve

A comienzos de la Edad Moderna llega a España una moda desconocida: la afición a las bebidas frías.
Algo que llega a extenderse tanto en determinados ámbitos que algunos llegan a calificarla de auténtico vicio. Las clases pudientes no concebían la vida sin realizar gastos en nieve.
Pero no se trataba sólo de un capricho. Las bebidas frías eran tenidas por saludables, hasta el punto de que las neverías municipales tenían establecido, que aunque estuviesen fuera de horario laboral, las solicitudes de nieve por parte de enfermos deberían ser atendidas a cualquier hora del día o de la noche.

La actividad de los neveros artificiales es conocida desde tiempos de los romanos (2000 a. C.); su gran desarrollo tuvo lugar entre los siglos XVI y XIX, y ha sido utilizada hasta mediados del siglo XX, cuando, con la aparición de los primeros frigoríficos, caen en desuso.
Hasta ese momento la conservación de alimentos se realizaba gracias a la salmuera, los adobos, las conservas o el aprovechamiento de la nieve.

Este último sistema fue la base para un trabajo y una profesión que pervivió hasta aproximadamente 1931.
En la antigüedad clásica los médicos ya prescribían la utilización del frío con fines medicinales. Este uso se recuperó con fuerza en el Renacimiento.
La primera obra monográfica europea sobre este tema, al parecer, es del médico valenciano Francisco Franco, originario de Játiva y se titula Tratado de la nieve y del uso della (Sevilla, 1569).
Además de las aplicaciones médicas y de conservación, existe la vertiente lúdica de consumo de alimentos fríos o helados, tanto sólidos como bebidas.

Dos años más tarde el médico hispalense Nicolás Monardes publicó el Libro que trata de la Nieve y sus propiedades; y del modo que se ha de tener en el bever enfriado con ella; y de los otros modos que hay de enfriar, en Sevilla 1571. Hasta mediados del siglo XVII aparecen tratados como el de Juan de Carvajal, Utilidades de la nieve, deducidas de la buena medicina (Sevilla, 1611), Metodo curativo y uso de la nieve (Córdoba, 1640) del doctor Alonso de Burgos.
El Reino de Valencia fue uno de los principales consumidores de hielo de España. A finales del siglo XVIII el libro Llibre de conte y rao del arrendament de la neu y nayps permite evaluar la cantidad de nieve que llegaba a la ciudad de Valencia en unos 2 millones de kg., aunque durante el transporte se perdía una cantidad no declarada.

Desde el puerto de Alicante se exportaba nieve a Ibiza y el norte de África. Entonces se daban una serie de factores que favorecían este consumo: una red de ciudades litorales con formas de vida refinadas, veranos calurosos, albuferas con enfermedades en cuya terapia intervenía la utilización del frío. Algunos autores han relacionado el consumo de frío con cierto nivel de desarrollo económico y cultural.
Los usos terapéuticos más comunes del hielo han sido: rebajar la temperatura en los procesos febriles, los producidos por la epidemia del cólera, como calmante en casos de congestiones cerebrales y particularmente en la meningitis, detener hemorragias y como anti-inflamatorio o en los traumatismos, esguinces o fracturas.

La progresiva implantación de fábricas de hielo a partir de 1890 en diversas ciudades fue dejando de lado la red de neveros artificiales y la producción de hielo aprovechando el clima.
Hasta entonces se aprovechaba un recurso natural (renovado anualmente) de manera sostenible, aunque dependiente del clima, lo que daba épocas de escasez de hielo frente a otras de grandes nevadas que llenaban las montañas de nieve y jornaleros.

Para la ubicación de estos pozos de la nieve se elegían terrenos en lugares ventilados y en pendiente.
En el suelo se practicaba un agujero en forma cilíndrica.
Sobre él se construía una cúpula, que le confería su fisonomía característica.
Se le dotaba con un suelo de piedra, con un desagüe por el que debía salir el agua procedente del deshielo, con el fin de mantenerlo seco.
Las paredes estaban forradas con cantos. Una escalera en espiral, pegada a los muros, bajaba hasta el fondo para permitir a los trabajadores realizar las correspondientes operaciones.

Los pozos de nieve eran construcciones de arquitectura popular dedicadas al almacenamiento y conservación del hielo para su posterior distribución y venta.
En el área geográfica de Castilla-La Mancha, los pozos de nieve eran, por lo general, de planta circular, estaban en su mayor parte excavados en el terreno, y revestidos al interior con fábrica de mampostería.
Tenían una profundidad superior a cinco metros y su diámetro interior oscilaba entre cuatro y siete.
Tenían un fondo permeable o, en su defecto, de un desagüe que evacuaba el agua procedente del hielo almacenado derretido para favorecer la conservación del resto.
Habitualmente, estaban rematados por una falsa cúpula de mampostería dotada de dos puertas de acceso enfrentadas para facilitar las labores de carga y descarga.
El complejo se completaba con elementos auxiliares como balsas o albercas de poca profundidad utilizadas para almacenar el agua que había de congelarse en invierno.
En los inviernos en que no nevaba, se trabajaba con hielo natural.
El hielo se vendía transportándolo, preferentemente por la noche, sobre bestias de carga convenientemente protegidas por pieles de cabra, o en carretas cargadas de cestos de hielo envueltos en arpilleras.

Fuentes: Wikipedia - Lanza digital - La verdad
Imágenes: 

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